La Ciudad

Mientras seguía el camino le pregunté a otro caminante, que caminaba más rápido que yo, si sabía donde estaba la ciudad.

Mire usted yo tengo prisa y no puedo detenerme mucho.

Ve La Luna y aquella otra estrella más pequeña pues todo eso abarca la ciudad.

De toda esa tierra es dueña la ciudad sólo el cielo no le pertenece.

Miré hacia donde él decía y descubrí la ciudad, que estaba llena de luz en plena noche, compitiendo con la luz blanca del cielo, aquella escena me deslumbró.

Tenga cuidado que la ciudad por un poco de dinero te puede matar, le ha pasado a los más confiados y hasta a los más fuertes.

¿Pero a Vd. no le mató verdad?.

Yo he tenido suerte.

La ciudad después de conocerme me encumbró al éxito sin que yo ni siquiera me diera cuenta.

Empecé a Ganar como por antojo del destino.

Aquí en la ciudad los juegos de manos estaban bien vistos no como allí en el pueblo donde estaban prohibidos.

Que fácil es jugar con la suerte de mi lado pensaba.

Ella apareció en aquellas noches donde todo lo movía la suerte, Susana me dijo que se llamaba.. y al conocerme me dijo: Yo no tengo suerte al menos no como la que tienes tú.

Aunque no te lo creas yo soy más desdichada que tú.

Aquellas noches en la ciudad duraron cien noches.

En la noche ciento uno la desgracia decidió que era hora de llamar a mi puerta.

La suerte se me escurrió entre las manos como puñados de tierra que no se pueden agarrar.

La ciudad viene y va encumbrándote a rachas y abandonándote a tu suerte otras veces, como un juego donde las reglas van cambiando sin un orden lógico.

Luego de dejarme abandonado a mi suerte llegué a la conclusión que sólo algunos sobreviven a este juego tan difícil.

Ella me refugió como se refugia a los perdedores y me llevó a su casa.

Le explique que yo tenía otro destino y Susana se alteró.

Su padre intervino en nuestra discusión y me dijo que en su presencia ni a mí ni a nadie le dejaría faltarle el respeto a mi hija.

Yo no soy quien crees que soy le dije a Susana.

Me volví y me disculpé por la forma brusca en que lo había dicho.

Esto no lo puede arreglar nadie. Ni tu serías capaz. ¡Déjame sola con mi desdicha!.

¿Qué dijiste Susana?.

Nada, que me has hecho daño.

A que viene esa cara tan triste ¿Se ha muerto alguien?.

Hubiera querido autorresponderme: «Así me hallo yo» . Pero me callé.

Luché contra mis pensamientos como cuando el mar lucha sin desaliento, sin ninguna razón, y llegué a la conclusión de que todo era un sinsentido.

La ciudad no hizo nada. Ella me halló sin su ayuda.

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